“Tras casi dos meses de viaje a través del Desierto de los Huesos, por fin he llegado a mi destino, puedo verlo con mis propios ojos, y ésta vez no se trata de un espejismo. Ante mí se alzan unos imponentes y desnudos picos aserrados, parecidos a gigantescos colmillos que quisieran desgarrar el cielo; son las Montañas Eternas. Han sido muchos años de estudio e investigación. Tiene que ser aquí, por los antiguos dioses… ¡tiene que ser aquí! El corazón del antiguo Imperio de los Titanes, la Ciudad del Amanecer de los Tiempos…”
Extracto del diario de Faryal Dairn*, de la sagrada orden de La Búsqueda de la Verdad.
*Faryal Dairn fue uno de los pioneros en el estudio de la antigua civilización de los titanes. Considerado a veces un loco por los sabios de la orden de La Búsqueda de la Verdad, desapareció un día dejando tan sólo una nota en sus aposentos: “Encontraré las respuestas”.
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El pequeño patio central del templo estaba tenuemente iluminado por la mortecina luz que irradiaba un candil colgado de un oxidado gancho, cerca de una de las dos entradas que daban al lugar. Los tímidos haces de luz luchaban constantemente contra las sombras que la noche había traído hace ya varias horas.
Las siluetas de varios árboles de tronco achaparrado cubrían la parte central del patio, y rodeándolo, había un pequeño sendero cuyas losas estaban muy gastadas por el tiempo.
La puerta que había junto al candil se abrió de forma brusca, lo que hizo que la llama vacilara por unos momentos, extendiendo extrañas sombras en el lugar. Un encorvado hombre envuelto en su túnica de color tierra salió hacia el patio con paso decidido y se dirigió por el sendero enlosado hacia la otra puerta. En sus manos portaba una extraña llave que parecía aferrar con gran fuerza, al parecer, temeroso de que alguien pudiera arrebatárselo. Una vez que penetró de nuevo en el interior, el hombre se apoyó en las frías paredes de piedra desnuda y emitió un suspiro de alivio. El Guardián Edorus se apartó con una mano los finos y largos cabellos grises que cayeron ante sus ojos, y después de arreglarse un poco sus ropajes se dirigió, esta vez, de forma más calmada, hacia el interior del corredor. En breves instantes, los Guardianes del Conocimiento, líderes de la orden de La Búsqueda de la Verdad, se reunirían; pero esta vez de forma clandestina.
La gran sala, conocida tan sólo por unos pocos, recibía el nombre del Salón del Espejo. Esa noche, en su interior se hallaban cinco hombres envueltos en oscuras túnicas marrones, todos ellos ancianos. Las cinco figuras se encontraban sentadas alrededor de una mesa circular de grandes dimensiones construida en madera, y en cuya superficie había labrados intrincados y misteriosos dibujos, y sobre esta superficie, una esfera iluminaba el lugar con una luz azulada. Dos de las siete sillas estaban vacías. Aún faltaba alguien por llegar, aunque una de ellas permanecería vacía, quizás para siempre.
Justo al lado de la gran mesa, había un enorme espejo de forma ovalada que ocupaba la pared en casi su totalidad, y cuyo marco elaborado en plata y oro tenía grabados unos dibujos muy similares a los de la mesa. Se trataba del Espejo del Pasado, del Presente, y del Futuro, una reliquia de la Era de los Titanes.
Las expresiones de los Guardianes del Conocimiento eran algunas inciertas, y otras reflexivas, aunque en todas ellas se apreciaba un matiz de impaciencia. Por fin, la puerta que daba a la sala se abrió, lentamente, y el último de ellos que quedaba por llegar, el Guardián Edorus entró en la estancia. Todas las miradas se volvieron hacia él, que debido al firme escrutinio de sus compañeros, no pudo reprimir un leve rubor en su rostro.
- Siento el retraso. – Se excusó Edorus de forma precipitada, mientras se dirigía hacia su asiento.
- Bien, no importa. Ya estamos todos aquí. Es el momento de comenzar la reunión y de tratar los asuntos que se nos presentan en estos momentos. – la voz de Naradiel, el Guardián más anciano sonó fría y cortante, como el acero.
Todos asintieron, en muda señal de conformismo.
- Los Caminantes nos han traído noticias de más allá del Portal de las Estrellas – comenzó a decir Naradiel, entrelazando las manos sobre la mesa. – Los Dragones Primigenios han salido de su letargo… después de más seis mil años, y están ocupando sus antiguos hogares en Narg´Al, la Isla Negra. Por el momento, aún sólo son una sombra de lo que en otro tiempo fueron.
El resto de los Guardianes, a pesar de conocer lo que estaban escuchando, no pudieron evitar sentir un terror helado que les paralizaba el cuerpo y les atenazaba las entrañas desde lo más profundo de su ser.






